Recuerdo los primeros teléfonos. Se parecían más a los ya obsoletos teléfonos inalámbricos de casa. Uno a veces no sabía si se trataba de un terminar para hablar o un casco a lo Star Wars. Lo que está claro es que nadie en aquella época se imaginaría cómo podría llegar a cambiar la vida -sobre todo la social- con estos extraños, poco fiables y novedosos aparatejos.
Tal y como comentaba, un teléfono de los de aquellos entre antena y cuerpo podrían medir unos... más o menos lo mismo que yo cuando hice la comunión. Véase bastante, demasiado o cualquier calificativo que formara gramaticalmente algún tipo de parentesco con el adverbio "mucho". Es evidente recordar que, ya no sólo era su incomodidad, sino que las funciones eran básicas -muchos añoran esa época-, y es que el destino le había predestinado para hacer llamadas.
Cuando creíamos que la chaparro-tecnología estaba llegando a una cúspide en la que usaríamos audífonos invisibles en vez de teléfonos para llevar en el bolsillo (vease, en el argumento de la saga Metal Gear Solid. Nanotecnología comunicacional pura y dura), llegan las cualidades secundarias a un mercado que empezaría a demandar algo más que un terminal para llamar y "mensajear". Las cámaras de fotos actuarían de una manera prodigiosa. Llevar un compacto fotoreceptor en un teléfono móvil era la hostia. Eso es evidente. Pero su lema de mercado empezó a convertirse en lo siguiente: "Tú puedes llevar un teléfono compacto. Pero si quieres tener una cámara incorporada, tendrás que prescindir de ello".
Así volvimos a ascender en el tamaño de una manera considerable. La obsesión por las cosas pequeñas era inevitable y la línea sobre la que caminaba lo físico de estos terminales nunca coincidía con el de las tendencias de moda. Eso disgustaría enormemente al consumidor en cuestión, pero aún no era tarde para reparar esa grieta. Al final, todo se resumiría en lo voluptuoso, llamativo y engorroso del teléfono "Burro grande, ande o no ande".
Acercándonos un poco a la temática tecnológica en miniatura, sólo hay que ver cómo funcionan las cámaras de fotos, los portátiles y los reproductores musicales. Portabilidad y funcionalidad en uno. Procesadores que triplican las características de un sobremesa de hace apenas.. ¿tres años, cinco?. Unidades de memoria extraible que podrían almacenarse en el interior de una uña... Así, un sin fin de productos que crean, aceptan y cubren la demanda de un completo sector ya obcecado por la tecnología.
Y volviendo de este paréntesis, comentar el por qué de esta entrada. Samsung anuncia que no sabe cuándo va a presentar su nuevo "niño rico y mimado", el Galaxy III. Y nos preguntamos, ¿Qué necesidad hay de presentarlo con el gran volumen de ventas que obtienen con éste y con su predecesor, el Galaxy S? Pues no contentos con no saber cuál es la respuesta, me dirijo a una cita textual de uno de los CEO de la gran multinacional nipona: "No sabemos la fecha de salida del Galaxy III, pero si algo podemos afirmar es que volveremos a tener la pantalla más grande del mercado. El motivo es evidente, hay que estar "a la altura".
Hablaríamos pues de 4.6 pulgadas de extremo a extremo, táctil en su totalidad y con una supuesta ausencia de botonería.
Se demuestra así que los condicionantes cambian y que la adaptación a la vida diaria y social de las personas respecto a los teléfonos (perdón, quería decir smartphones) se ha visto envuelta en la necesidad de consumir contenido interactivo y audiovisual a través de ellos. Esa sería la única explicación de querer tener algo así.
Ahora bien, que se preparen las grandes firmas de modas, porque la tecnología está pisando más fuerte de lo que nos pensamos y, deberían de estar pensando ya en crear nuevos pantalones que incluyan bolsillos de tal dimensiones si queremos meter esas casi 5 pulgadas. Y, pidiendo un poquito más, que la genética nos de unas orejas más grandes. No para oírte mejor, sino para que se adapte bien a los engorrosos tamaños de la tecnología "portátil" actual (paradójicamente, portátil).









